​No sé en que día vivo. Desde que comenzó esto de la cuarentena cada día que pasa es igual que el anterior y así es difícil distinguir si es lunes, miércoles, viernes o domingo. Mi día a día se limita a dormir, comer, ver las noticias, escribir a algún que otro rato y engancharme a alguna que otra serie o podcast. Y así un día tras otro, en mi cuenta ya van doce y los que me quedan ahora que el confinamiento se ha alargado.


Olympique Lyon v Juventus - UEFA Champions League Round of 16: First Leg


Es triste, pero es así. Antes la semana se pasaba volando entre trayectos en metro, horas de clase y conversaciones con mis compañeros intentando arreglar el mundo o criticando el partido de algún futbolista o entrenador en cualquier terraza. Ahora intentamos hacer lo mismo a través de mensajes, pero no es igual, la conversación no fluye y escribir en mayúsculas no es lo mismo que gritar más que el resto para hacerte oír. No sé qué nos creemos.


Antes los días eran eso que pasaba entre jornada y jornada, eso que estaba entre el partido de las nueve del domingo y el que abría la ​jornada europea el martes. Ese lapso de tiempo en el que aprovechábamos para discutir de lo que pasaba durante 90 minutos. Pero ahora los días son 24 inútiles horas en las que ni discutes, ni arreglas nada, ni mucho menos disfrutas. A lo sumo aprendes, porque algo bueno tenía que tener, a valorar esos buenos ratos ya fuesen con los amigos o frente al televisor.


Karim Benzema


Y es que ahora, en estos días en los que pierdes todo eso, las jornadas intersemanales, los partidos del fin de semana y las conversaciones interminables, te das cuenta de lo que tenías antes. Te das más cuenta que nunca de que Charlie Chaplin tenía razón, que "un día sin sonreír es un día perdido", y eso te lleva a pensar que para un verdadero aficionado la sonrisa depende de si hay 22 dándole patadas a un balón, pero ahora todos los días se pierden.